Texto: Olga García. Fotos:123 RF

Islandia, ese paraíso natural de verdes praderas, glaciares, cascadas, inhóspitos acantilados y volcanes amenazadores, el destino perfecto para aquellos que buscan un entorno salvaje pero al mismo tiempo apacible y no demasiado domesticado, fue desde el siglo xviii un motivo de estudio para los científicos, especialmente los geólogos. El 8 de junio de 1783, Laki, una fisura situada en el sistema volcánico de Grímsvötn, al este de la isla, comenzó a expulsar lava volcánica y gigantescas nubes de cenizas, y no dejó de hacerlo hasta ocho meses después. El sol se apagó en Islandia —y en media Europa—, las cosechas se perdieron, gran parte de los animales murieron y la población quedó muy mermada, sobre todo a causa de la hambruna que sobrevino. Los efectos de aquella colosal erupción se hicieron sentir durante varios años, y gran parte del paisaje de Islandia quedó modificado.

Aparte de aquellos hombres de ciencia, apenas nadie viajaba a título particular. Sin embargo, el espíritu de descubrimiento, el afán de conocer, es inherente al ser humano, que no al hombre. También las mujeres nacieron con tal ambición, pero las convenciones sociales —establecidas por hombres, por supuesto— les impedían acudir a esa llamada.

Cuando la señora Ida Pfeiffer desembarcó en Islandia en 1845, después de una mareante travesía por el mar del Norte, hizo lo mismo que habría hecho cualquier científico: durante dos meses y medio se dedicó a explorar el territorio, por entonces bajo la Corona danesa, viajando a pie o a lomos de unos caballos muy pequeños  —en nuestra Trotamundos Routard de Islandia descubrirás que se trata de una raza autóctona—, sin las comodidades de las que disponemos hoy, subiendo montañas, cruzando glaciares y atravesando valles, recogiendo muestras de rocas y plantas; aunque, eso sí, un poco más incómoda que cualquier hombre, porque su falda, larga hasta los tobillos, «se empapaba con el agua que cubría la hierba».

Si viajar era en aquella época una aventura peligrosa, que lo hiciera una mujer, y sola, provocaba estupefacción. Pero Ida Pfeiffer, nacida en Viena en 1797 y madre de dos hijos, siempre había deseado viajar, y cuando se vio liberada de sus obligaciones familiares, hizo la maleta y, apenas sin dinero, tomó la decisión de hacer realidad su sueño. No tenía miedo y se consideraba una mujer fuerte; ansiaba ver el mundo más que ninguna otra cosa.

El destino de su primer viaje fue Tierra Santa, pues era una mujer devota, y escribió un libro en el que relató sus vivencias durante aquellos meses; se vendió tan bien que, gracias a los beneficios que obtuvo, logró financiar su segundo viaje, a Islandia. Ida había leído la obra del geólogo George Mackenzie Travels in the Island of Iceland (1811). La privilegiada naturaleza que describía en sus páginas encendió la curiosidad de Ida. Se compró un mapa y, con la guía de Mackenzie bajo el brazo, partió hacia el norte. Recorrió la isla y tomó muchas notas, que le sirvieron para publicar su segundo libro.

En Islandia sufrió las inclemencias del tiempo —la lluvia y el viento gélido—, se alimentó de pan, mantequilla y café —«lo único que hay aquí son patatas y pescado»—, no encontró carruajes de ningún tipo para desplazarse y constató que los hombres bebían demasiado. Sin embargo, todo el mundo, hombres y mujeres, sabía leer y escribir, y en todas las casas en las que se hospedó, y a pesar de la austeridad en la que vivía la mayoría, no faltaban los libros, «al menos la Biblia, y con frecuencia poemas y relatos».  Su presencia causaba extrañeza, y siempre se acercaba alguien con curiosidad cuando sacaba su cuaderno para escribir o desenrollaba el mapa. Describió el carácter de los islandeses, su medio de vida —la pesca y el ganadería—, a qué dedicaban el tiempo durante los ocho meses de invierno —«ambos, hombres y mujeres, tejen»—, cómo se vestían, cómo vivían su fe religiosa… Ida no es en absoluto complaciente, pues algunas de sus conclusiones son que los campesinos, sobre todo en las zonas más remotas, exigían tarifas exorbitantes a cualquier viajero que se acercara por allí, ya fuera para alquilar sus caballos o para ejercer de guías. Vamos, lo mismo de lo que se lamentan los viajeros de hoy.

Ya de vuelta en su casa de Viena, la señora Pfieffer tomó la decisión de continuar explorando el planeta: el virus viajero corría por sus venas. Llegó a dar dos veces la vuelta al mundo; visitó Brasil, sorteó el cabo de Hornos, pisó las islas del Pacífico, India, Persia, Constantinopla, Malasia, Sumatra, Australia, California…; habló con reyes, convivió con tribus que jamás habían visto una mujer blanca, se adentró en la jungla y le advirtieron sobre la peligrosidad de los salvajes cortadores de cabezas o las prácticas caníbales de los batak —«soy demasiado vieja para que nadie quiera comerme»—, pero su determinación y una aparente mezcla de estoicismo e indiferencia la llevaron a todos los rincones del mundo sin sufrir daño alguno. Seguramente la honestidad y el tener la mente abierta a la hora de viajar, cualidades de las que siempre hizo gala la señora Pfeiffer, sean las características que mejor definen al viajero trotamundos, ya sea hombre o mujer.